A 50 años de la muerte del Che Guevara, así fueron sus últimas horas

ArteargentinA: Una investigación minuciosa de las últimas horas de Ernesto Guevara, cuando se están por cumplir 50 años de su muerte en Bolivia.

ArteargentinA: Mucho se ha escrito y especulado sobre el final del Che, las versiones son difusas y contradictorias, pues han opinado quienes poco sabían, osando hasta escribir libros, y en cambio se han escurrido con versiones antojadizas quienes fueron los verdaderos protagonistas. Luego de haber entrevistado a casi todos los participantes y testigos todavía vivos en el 2001 de la tragedia de La Higuera sucedida aquel 9 de octubre de 1967, y de haber escuchado no sólo sus afirmaciones sino también sus silencios, sus contradicciones, sus actos fallidos, sus mentiras me atrevo a afirmar que la secuencia de aquellos hechos fue la siguiente:

1  Los soldados Balboa y Encinas observan que uno de los rebeldes arrastra a un compañero herido y les intiman rendición. Son las 3.30 pm. Para chequear que efectivamente se trata del Comandante Guevara llaman a su inmediato superior, el sargento Huanca. Este, quien ha tenido un desempeño decisivo en el combate en la Quebrada del Yuro donde el puñado de guerrilleros quedaron encerrados, excitado, insulta y maltrata a los prisioneros y hunde un culatazo en el vientre del Comandante Guevara. Llega el capitán Prado y ordena que se los trate con respeto.

Un ranger testigo de la escena dirá que “Guevara hablaba orgullosamente, sin bajar la cabeza y no le apartaba los ojos a mi capitán”. Otro soldado recuperará el fusil dañado del Che que lleva la inscripción “Lan Div. United 744.520” y en su culata es visible una “D” mayúscula.

2 Prado anuncia la novedad por radio a La Higuera a “Morocho” (subteniente Totti Aguilera) quien operaba el equipo de comunicaciones GRC-9 y ordena que se comunique la novedad al mayor Ayoroa en La Higuera, jefe de los rangers bolivianos entrenados por la CIA, y se transmita al Comando de la Octava División en  Vallegrande donde se encuentra “Saturno”, el comandante de la Octava División, Coronel Joaquín Zenteno Anaya.

3 Luego de pedir confirmación de tamaña noticia, “Saturno” ordena a “Flaco” (capitán Prado) trasladarse con muertos, heridos y prisioneros a La Higuera, distante dos kilómetros. A su vez Prado ordena levantar la operación militar hasta el día siguiente dejando guardias apostadas para impedir la fuga de los guerrilleros que aún estuviesen ocultos en la quebrada y regresa a La Higuera.

4 Muere “Pacho” desangrado y sin asistencia durante el camino. La revista Enfoque de La Paz recogerá las declaraciones del suboficial Eduardo Huerta Lorenzetti: “Los dolores del guerrillero iban en aumento y murmuró algo, acerqué mi oreja a su boca y escuché que me decía: “Me siento muy mal, le ruego haga algo para atenuar mi dolor”. Yo no sabía qué hacer, pero él mismo me indicó los movimientos de presión. ‘Ahí en el pecho, por favor’, me dijo”. Ese combatiente que en una de las páginas de su diario dejó constancia de que ese día había liberado una mariposa de una telaraña morirá pocos minutos después.

5 El mayor Ayoroa sale al  encuentro de esa lúgubre procesión que transporta soldados y guerrilleros muertos, los heridos de ambos bandos y los prisioneros Che y Willy, seguidos por los lugareños atraídos por el combate y que observan la escena con una mezcla de morbo y estupor.

6 El coronel Selich es el primer alto oficial que aterriza a bordo del helicóptero LS-4 en La Higuera. No es su área de mando pues es comandante del  Regimiento de Ingenieros Nº 3, pero, conocedor de la zona, lo hace para orientar al piloto, mayor Jaime Niño de Guzmán, en sus futuros vuelos. Este regresa a Vallegrande con dos soldados heridos y ya no volverá a volar ese día pues el sol se ha ocultado.

7 Selich ha salido al encuentro de Ayoroa y Prado y los tres arriban a La Higuera ya de noche con  muertos, heridos y prisioneros. Estos últimos son alojados en la humilde escuela del villorrio, construida en adobe y con techo de paja, que tiene dos habitaciones apenas separadas por un tabique de madera. Los cadáveres de Arturo y Antonio son depositados en el suelo del espacio ocupado por Willy. Los muertos y heridos bolivianos en casa de un campesino.

8 Prado organiza un sistema de seguridad para custodiar a los prisioneros, teme una acción de rescate por parte de los guerrilleros que no han podido ser capturados, un oficial deberá estar siempre en la habitación y dos soldados en la puerta. Ordena al teniente Totti Aguilera que vende la herida de Guevara. Este suboficial contará al periodista R. Ustáriz Arce que la respiración del prisionero “era dificultosa, comenzaba a roncar, parecía como si se le tapara la respiración, no podía dormir, se sentaba”.

9 El entonces capitán de rangers Gary Prado, hoy general retirado y político en su país, inmovilizado en una silla de ruedas a raíz de un balazo alojado en su médula, me cuenta: “En una de mis conversaciones con el prisionero me dice ‘Me han robado mis dos relojes’. ¿Quiénes han sido?, le pregunto. ‘Sus hombres’, me responde. Ordeno una rápida investigación y se los restituyo. “Uno de ellos es el mío, el otro es del Tuma, un camarada muerto, lo llevo para entregarlo a su familia”, me aclara. “¿Cómo voy a saber cuál es el suyo para devolvérselo cuando todo esto termine?”, le pregunto. “Entonces tomó una piedrita del suelo y a uno de los relojes le hizo una cruz en la parte de atrás. Luego murió y quedaron en mi poder (N. del A.: versiones de testigos afirman que regaló el Rolex de Tuma a su superior, el mayor Ayoroa). Cuando se reiniciaron las relaciones diplomáticas entre nuestros países los envié a Cuba. No sé dónde habrán ido a parar”.

10 El coronel Selich,  un fundamentalista del anticomunismo, cuando está frente al Che lo insulta, le reprocha las muertes de sus compatriotas, lo conmina a hablar, le tira de la barba. Ese será el único contacto de Selich con el Che a pesar de sus declaraciones posteriores en las que alega haber dado una lección al jefe rebelde acerca de lo equivocado de su accionar.

11 El mayor Ayoroa, cuando Selich ha abandonado el cuarto, se limita a ordenar al Che que se ponga de pie para palparlo. El militar boliviano, en nuestro diálogo en Santa Cruz de la Sierra, me cuenta: “No llevaba nada encima, salvo un huevo duro”, seguramente su alimento para todo el día. El Che se limitará a preguntar por sus hombres, “son buena gente, en estos momentos podrían estar viviendo cómodamente, con sus familias”.

12  Guevara es despojado de sus pertenencias que son acumuladas en la habitación del telegrafista: su diario de campaña, libros de historia y geografía bolivianas, mapas por él actualizados de la zona, su documentación personal, un altímetro que colgaba de su cuello, una pistola alemana calibre 9 mm. PPK Walter 45 con cargador, una daga “Solingen”, dos pipas (una de fabricación casera), una carterita con dinero: 2.500 dólares y 20 mil pesos bolivianos (que será repartido entre los oficiales).

13 Durante esa noche, la última de su breve vida, el Che recibirá buenos y malos tratos. Entre los primeros está el respeto con que lo trata el capitán Prado, también los tenientes Totti Aguilera y Huerta Lorenzetti quienes lo convidan con cigarrillos y se interesan por la familia del prisionero.

En cambio lo maltratarán, además de Selich y Ramos, el teniente Pérez y algunos soldados que han estado bebiendo y festejando, y que ingresan a la escuelita para insultarlo y mofarse de él hasta que Totti Aguilera los obliga a retirarse.

14 Entre los que desean maltratarlo está Julia Cortés, una de las maestras del pueblo, una joven agraciada de 19 años que ingresa en la escuelita “para preguntarle por qué había venido de tan lejos para matar bolivianos”, me contará muchos años después en su vivienda de Vallegrande donde ejerce como partera. “Me lo imaginaba feo, con un aspecto temible, en cambio cuando estuve frente al Che y nos miramos me pareció un hombre increíblemente bello. Quedé flechada”.

15 Más tarde otros de los que desfilan para observar al mítico guerrillero que yace sobre el suelo agotado, sucio, deprimido, asfixiado, comentarán con ironía “está pensando en la inmortalidad del burro” a lo que Guevara responderá, rápido: “No señor, no estoy pensando en eso, estoy pensando en la inmortalidad de la revolución, ésa que tanto temen aquellos a quienes ustedes sirven”.

16 El argentino premiará a quienes lo han tratado con deferencia. Un ex soldado que conservó el anonimato cuenta: “Yo le vi manejar dos pipas al Che Guevara, una se la entregó a un soldado de apellido Zambrana, de Porco. Se la regaló como un recuerdo porque el soldado era muy bueno.”

17 Julia Cortés, quien hasta hoy está convencida de que el “flechazo” fue recíproco, lo que ha servido para que muchos descalifiquen injustamente su rico testimonio, regresa a la escuelita a llevarle comida junto con Gary Prado quien no registró las otras sigilosas visitas de Julia. “El Che tomó el cazo con las manos atadas y con dificultad se lo llevó a la boca”. Es evidente que el Che ha encontrado en la joven alguien que podrá jugar a su favor y desarrolla un juego de seducción. “Cuando después es sacado al sol para tomarle fotos, pedirá que me ponga a su lado, pero uno de los soldados me aconseja que no lo haga”. Quizás sea cierto, quizás el deseo se apodere de su memoria.

18 Cuando le correspondió el turno al teniente Eduardo Huerta, un joven de 22 años de edad y miembro de una familia destacada de Sucre, el Che conversaría largo rato con él. El oficial boliviano contará que la mirada del Che lo había impresionado, tanto que llegó a sentirse casi hipnotizado. El prisionero le habló de la miseria en que vivían los pueblos latinoamericanos y de la necesidad de una revolución que cambiase las cosas. También sobre el trato respetuoso que los guerrilleros daban a sus prisioneros, tan diferente al que recibían los capturados por el ejército.

El joven oficial lo escucha hablar también de sus cinco hijos, de su esposa, de Camilo Cienfuegos, de Fidel Castro, del cariño y res­peto que sentía por ellos. Huerta narrará que estaba tan atrapado por la personalidad y las palabras de su prisionero que consideró seriamente la posibilidad de facilitarle la fuga, para lo que salió al exterior para estudiar la situación. Allí su amigo de apellido Arambar, que estaba de guardia, lo llamó a la realidad acerca de que eso podía costarle la vida, entonces Huerta reflexionó y decidió no actuar. Al reingresar en la habitación el Che lo escrutará fijamente en silencio y el teniente confesará que no pudo sostenerle la mirada.

19 El presidente de Bolivia, Barrientos, convoca en la noche del 8 de octubre de 1967 a una reunión militar del más alto nivel. Ingresa con sus jefes de Estado Mayor y Comandante en Jefe del Ejército, generales Ovando y Juan José Torres, a una pequeña sala de exposiciones en la sede militar. Después de una grave conversación se incorporan a la reunión otros altos mandos de las tres armas como Marcos Vásquez Sempertegui, David La Fuente, León Kolle Cueto y Horacio Ugarteche ante quienes, Barrientos, con el deliberado propósito de comprometer a los miembros del alto mando militar en la decisión, plantea el punto de la eliminación física del Che. Lo expuso como decisión, no para someterla a discusión. Concluida la reunión se envía una instrucción cifrada a Vallegrande.

20 A las 7 de la mañana llega el coronel Zenteno a La Higuera trayendo personalmente la orden de eliminar al Che. Urbano, uno de los cinco sobrevivientes de la experiencia boliviana, durante nuestra conversación en La Habana recordará: “Durante la campaña de la Sierra, cuando la toma del cuartel de Guiñé de Miranda el ejército se rinde  pero un compañero no oye la orden de alto el fuego y sigue tirando. El Che se corrió hasta su posición, le dio con el codo y le dijo: “¡Oye, tienes que dejar de tirar, que se rindieron. Y cuando un hombre se rinde ya deja de ser enemigo!”.

En el helicóptero, además del coronel Zenteno y del piloto Niño de Guzmán, llega Félix Rodríguez, el agente de la CIA cuyo nombre ficticio es “capitán Ramos”. Como se trata de un aparato pequeño que sólo puede llevar dos pasajeros se prefiere embarcar a Rodríguez y dejar en tierra al jefe de Inteligencia boliviano, Arnaldo Saucedo Parada. El informe secreto de la CIA que lleva la identificación en español “Inspector General-15-2015”, especifica que “Ramos” lo acompaña “para interrogar a Guevara”. Señala también que lleva consigo “un radio-trasmisor RS-48”.

21 El coronel Selich vuela a Vallegrande en el regreso de ese primer vuelo. La jefatura le corresponde a Zenteno y nada tiene que hacer allí.    

22 Zenteno transmite la orden de matar al Che al mayor Ayoroa. Este argumenta que no es una orden que el reglamento militar obligue a obedecer y propone que esté a cargo de alguien que se ofrezca voluntariamente.

23 Zenteno, Ayoroa y Prado parten hacia la quebrada del Churo donde continúan los rastrillajes. De tanto en tanto se escuchan disparos y explosiones. “Aniceto” también será muerto en combate o ejecutado una vez hecho prisionero. El “Chino” es traído al pueblo herido, ciego, con la cara destrozada por un balazo; aún no ha llegado la instrucción de que no deben quedar “sapos vivos” y se lo aloja en lo del telegrafista. Durante nuestra entrevista Gary Prado cometerá un acto fallido y me dirá “capturamos un cadáver”.

24 Mientras el helicóptero va y viene transportando soldados heridos y luego los cadáveres de ambos bandos, el “capitán Ramos” fotografía una por una las páginas del diario del Che con la ayuda de un soldado cuyos dedos aparecerán en varias de las tomas. También despliega una antena y con su moderno radiotransmisor mantiene secretas conversaciones con su base de la CIA.

25 A continuación el falso “capitán Ramos” tiene un violento diálogo con el Che del que será testigo el piloto Niño de Guzmán: “El supuesto capitán entró en la habitación y acercando su cara hasta casi tocar la del Che, en una actitud prepotente, le preguntó: “¿Tú sabes quién soy?”. Guevara lo miró y le dijo. “Sí, un traidor”, y lo escupió en la cara”.

26 Zenteno y Ayoroa regresan a La Higuera dejando a Prado a cargo de las últimas acciones pues ya han comprobado que no hay más rebeldes en la quebrada. Al llegar los oficiales convocan a tenientes y sargentos y piden voluntarios para matar a los prisioneros. Todos se ofrecen. Zenteno, al azar pues no los conoce, elige al sargento Terán para el Che y al sargento  Huanca para Willy.

27 Mis investigaciones llegan a la conclusión de que el “Chino” fue asesinado a culatazos por oficiales y soldados borrachos durante los desbordados festejos nocturnos.

28 Casi ningún biógrafo se ha ocupado de Willy en aquellas horas previas a su muerte. Julia Cortez me dirá que se asomó a la habitación donde el minero boliviano estaba alojado y quedó impactada por lo lúgubre de la escena: el prisionero estaba casi a oscuras, sentado sobre el suelo, junto a los cadáveres de sus compañeros. Con voz serena Willy le preguntará: “¿Tú quién eres?” y luego comentará que él también era profesor. “Después supe que no era cierto, no sé por qué mentiría”, me dirá Julia.   

29 Félix Rodríguez insistirá luego en una  versión desculpabilizadora que no es creíble: que ha recibido por su radio orden de mantener vivo al Che y trasladarlo a Panamá para interrogarlo. Es claro que eso era inaceptable para la dignidad del gobierno boliviano y también para los EE.UU. que no podrían explicar al mundo cuáles eran sus derechos para disponer a su antojo del guerrillero argentino.

30 El coronel Zenteno se encuentra en un aprieto: se están reuniendo periodistas y funcionarios en Vallegrande para recibir el cadáver del Che y éste está todavía vivo en La Higuera. En el informe desclasificado de la CIA puede leerse: “Le dijo (a Félix Roríguez) que ejecutara a Guevara de cualquier forma, que él (Zenteno) debía volar hacia Vallegrande y que enviaría el helicóptero de regreso para recoger el ‘cuerpo’ (con comillas en el informe) de Guevara a las 2 p.m. y que ‘como amigo’ le pedía que el cuerpo estuviese listo”.

Es indudable que no confía en que el mayor Ayoroa, que hasta el día de hoy mantiene una actitud evasiva, tendrá el coraje de asumir la responsabilidad de hacer cumplir la pena. En parte por razones humanitarias pero también por razones políticas: la detención y muerte del Che fortalecerá la posición del presidente Barrientos ante el poco secreto golpe que Ovando prepara en su contra. No es su voluntad aparecer favoreciendo a quien se encuentra en posición de extrema debilidad política y que poco tiempo después morirá en un atentado que derribará el helicóptero en que viajaba. Zenteno, que tiempo después también sería asesinado por un “Comando Che Guevara” en París, parte a las 11.am.

31 Se da la curiosa circunstancia de que al no estar Zenteno, Selich, Ayoroa ni Prado el oficial de más alta graduación, aunque falsa, es el “capitán Ramos”. Los designados verdugos vacilan en cumplir la orden. Vuelve a sonar el teléfono de comunicaciones militares y Félix Rodríguez escucha una voz, cree reconocer la del mayor Ayoroa, que “por mandato de las más altas autoridades” le ordena cumplir con la clave “500-600”. El “capitán Ramos” no desconoce que “500” significa Comandante Che Guevara, “600” ejecutar y “700” preservar su vida.

32 “Ramos” convoca a Terán y a Huanca e instruye al primero de balear al Che del pecho hacia abajo para seguir con la ficción del “muerto desangrado por heridas recibidas en combate” pues las radios han difundido que fue herido en las piernas. Gary Prado me dirá: “Ese fue un error tremendo pues muchos lo habían visto caminando”.

33 Huanca entra en la habitación de “Willy” y lo mata. Es la 1 p.m.

34 La muerte del Che no será inmediata, contradiciendo la versión unánime de quienes se han ocupado del tema. Según Julia Cortés pasaría media hora y según Félix Rodríguez 20 minutos. Hay tiempo para que el Che mande llamar a la maestra. “Me encarga que averigüe qué es lo van a hacer con él. En ese momento aparece un soldado que le dice a Huerta que lo llaman a lo del telegrafista. El Che y yo nos quedamos a solas, entonces me cuenta que han entrado tres uniformados a avisarle que lo van a matar como a Willy. Yo salgo afuera pero no veo a ningún jefe, ni Ayoroa, ni Zenteno, ni Prado, nadie.”

Quienes han entrado son el teniente Pérez y otros dos su-boficiales no identificados:

—¿Tiene usted algún deseo antes de morir?

—Comer.

—¿Es usted materialista que sólo piensa en comer?

—Quizás –contestará el Che, con un dejo burlón.

“No parecía asustado, me sonrió, creo que lo que quería era prepararse para lo que viniese”, recordará la maestra. Durante el almuerzo la joven consultará con su madre quien le aconsejará no implicarse tanto en el asunto, podía ser peligroso.

35 El sargento Terán ha estado buscando un arma mejor que la suya. No es cierto que se haya emborrachado, y mucho menos con whisky como inventa algún biógrafo, inhallable en un lugar donde me fue imposible, más de treinta años  después, tomar una Coca-Cola. Pero lo cierto es que le cuesta mucho apretar el gatillo y entra y sale de la habitación no menos de tres veces, sufriendo el escarnio de sus colegas que se burlan de su cobardía que contrasta con la decisión del sargento Huanca.

36 El Che le dirá  a su verdugo, entre provocativo y sereno, “dispara cobarde, vas a matar a un hombre”. No es acertada la tan difundida versión de que habría dicho “sólo a un hombre”, de confusa acepción. En cambio lo que quiere significar, con dignidad, es que quien va a morir es un valiente. Y su apelación al verdugo es inevitable asociarla con aquel “ve y cumple con lo que debes hacer” de Jesús a Judas.

Aleida Guevara, su hija, me dirá: “En su escrito ‘La piedra’ (N. del A.: uno de los tantos que su viuda tardó años en dar a conocer) habla de la muerte, confiesa que le tiene miedo a la muerte, es un hombre como cualquiera,  teme a aquello que le puede hacer daño o simplemente a lo que desconoce. Lo que le da valor es que él se sobrepone a ese miedo y por eso murió como vivió, con mucha dignidad y con mucha integridad.”

37 No habrá tiros posteriores. Ni Gary Prado ni el suboficial Carlos Pérez ni el soldado Fortunato Cabero, contrariamente a las afirmaciones de algunos biógrafos, entrarán a la habitación y dispararán sus pistolas contra el cuerpo del Comandante Ernesto “Che” Guevara. Los testigos que aún viven en La Higuera y en Vallegrande me dirán, unánimemente, que luego de la ráfaga del “garand” de Terán sobrevino un impresionante silencio que dura hasta hoy.

*Escritor y periodista. Fragmento de la nueva edición de su libro Che. Luchar por un mundo mejor.

Pacho O’Donnell

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