Amar sin miedo: Ella tiene VIH, él no. Fueron novios cuatro años y se casaron, “aseguran que el virus no va a separarlos”

ArteargentinA: Se conocieron en Brasil y quieren tener hijos . Suelen tener relaciones sin protección ya que con los nuevos tratamientos, si se cumplen ciertas condiciones, es posible hacerlo sin temor al contagio.

ArteargentinA: Mariana: De pronto imaginé que cuando él se enteró que yo tenía VIH se alejaría para siempre de mi vida. Nos habíamos conocido de paso en Belo Horizonte, Brasil, durante una reunión de activistas de género. Yo lo fiché inmediatamente. Me llamaron la atención sobre todo sus ojos grandes y sus cejas tupidas y bien formadas. En ese momento no pasó nada más que eso: descubrirnos de pronto y sentirnos mutuamente atraídos. Pero un tiempo después, en Río de Janeiro, volvimos a vernos en la terminal de ómnibus. Él se mostró tranquilo y simpático. Fue muy amable y cariñoso por sobre todo. Me invitó a tomar un jugo de ananá. Yo no lo traté bien entonces. Estaba cansada por el viaje y no quería hablar. Pero no fue grave. Caio me pidió que me quedara un día más pero yo no podía porque mi vuelo ya salía. Entonces no le conté que tenía el virus, pero él se enteró rápidamente porque yo soy pública, visible, y cualquiera puede saber quién soy y qué me pasa leyendo mi perfil de Facebook. Además se lo dije en un mensaje apenas llegué a Buenos Aires.

Caio: Después del primer beso me sentí como un hombre tocado por la estrella del destino. Pero también debo admitir que me sentí un poco inseguro. No era miedo pero sí una sensación rara. Recuerdo que una noche empezamos a chatear y ella decía que yo le gustaba, yo le dije que ella también me gustaba, y, entre las idas y vueltas de la conversación nocturna, me quedé dormido. Eran como las dos de la mañana. Después sabría que ella interpretó que yo me había asustado y que se había terminado todo. Pensó que yo había renunciado a lo que ni siquiera había empezado. Pero no. Yo me había quedado dormido y lo que sí quería era informarme lo mejor posible de la situación. Las cosas se fueron aclarando con el paso de los días. Obviamente Mariana conoce el tema en profundidad. Está informada y no teme compartir lo que sabe en las redes sociales y también conmigo. Lo cierto es que empezamos a construir algo sólido entre los dos y naturalmente yo quería entender mejor cómo es la convivencia con una persona que tiene el virus. Ella me explicó los tabúes que hay con eso. Me aclaró que tener una carga viral no es igual a tener sida. Esto último –dijo- tiene que ver con el síndrome y, ahí sí, las cosas no están bien. Me dijo también que para lograr una carga mínima de virus se pueden tomar pocas pastillas diarias y no veinte como había que tomar en los años noventa. El conocimiento del tema me unió más a ella y creo que eso no va a impedir nuestra cada vez mayor intimidad en todos los planos.

Mundos íntimos. Ella tiene VIH, él no. Fueron novios cuatro años y se casaron: aseguran que el virus no va a separarlos

De a dos. Caio recuerda: “Mariana primero creyó que me había asustado, pero no fue así”.

M: Yo le aclaré de entrada mi situación a Caio. Le dije que no me molestó para nada su interés en informarse. Al contrario. Cuando una sabe lo que tiene deja atrás los tabúes y las representaciones falsas. Caio sabe ya que hay días en que no me siento bien: tengo colitis, me parezco por momentos a un celular que se quedó sin batería. Cuando los integrantes de una pareja hablan idiomas diferentes, la comunicación se vuelve compleja por momentos. Pero no imposible. Después las preguntas vienen solas. ¿Cómo se lo digo? ¿Reaccionará bien cuando lo escuche? Por suerte no tuve ese problema con Caio. Y cuando llegó el momento de unirnos sexualmente las cosas fluyeron con la mayor naturalidad.

C: Cuando le conté a mi madre lo de mi relación con Mariana y le hablé del tema del virus ella no se opuso para nada. Apenas me pidió que usara siempre condón a la hora de tener sexo. Y eso hice, claro. Pero con el tiempo la situación fue cambiando. En el imaginario colectivo está impuesta la idea de que una persona con VIH está condenada a tener sexo con preservativo durante toda la vida. Y eso hoy ya no es tan así. Los médicos dicen que si el integrante con HIV lleva más de seis meses con carga viral indetectable, toma siempre los antivirales y se hace los controles periódicos, la pareja puede obviar el uso de preservativo sin riesgo de contagio. Ese ya es nuestro caso. Tenemos la certeza de que nuestro sexo no es casual sino el resultado de una paciente y cuidada construcción amorosa. Llevamos casi tres años conviviendo. En el primer año Mariana viajaba mucho por América Latina debido a su activismo. Durante un tiempo vivimos en Brasil; después ella fue a México y yo me quedé en Río de Janeiro, en Manaos y en Brasilia. Poco tiempo después nos mudamos a la Argentina. Mariana debía extraerse un pólipo, sus papás son mayores y necesitan ayuda, ella debía cuidar su trabajo como docente y trabajadora social, en fin, me tocó acompañarla en todas esas cosas. Yo soy periodista, músico y productor musical. Toco guitarra. Los dos hicimos la maestría en Comunicación y Derechos Humanos en La Plata. Ya terminamos la cursada y ahora nos toca hacer las tesis. Además compartimos intereses en muchas cuestiones como la situación de las mujeres en el mundo, los problemas medioambientales y las difíciles condiciones de vida de los pueblos originarios. Está de más decir que la afinidad entre los dos se refuerza al tener preocupaciones en común como las mencionadas.

M: Sé exactamente el día en que me transmitieron el virus. El “autor” fue un hombre violento con el cual, debo admitir, tuve sexo sin protección. Entonces yo tenía 19 años -ahora tengo 35- y él 27. Ese fue, como lo llamo, un amor de marinera. Algo efímero. Pero el precio fue alto. Y lo sentí en el cuerpo de inmediato. Fue una especie de intuición. ¿Y si me contagiaste el sida?, le dije de pronto, desnuda, al salir del baño. Y él, como si nada, respondió que en tal caso podíamos vivir juntos. Yo no lo podía creer. Él sabía que estaba infectado y mi cuerpo me avisó. Yo tuve el diagnóstico en diciembre de 2002. Recuerdo que pese a mi ateísmo, en las diez cuadras antes de llegar a retirar el resultado, recé diez padrenuestros. Cuando supe que tenía el virus me quería morir. Unos años después encontré al hombre en el estacionamiento del hospital. Me pidió que subiera a su camioneta y me empezó a pedir perdón, me dijo que me había arruinado la vida y cosas así. Coincidimos otras veces en el hospital. Un día, en uno de esos cruces inevitables, se puso violento, me arrastró, me pegó en la calle, se cuidó de no pegarme en la cara para evitar denuncias, me dio patadas en la cabeza, me apretó el cuello. Por suerte todo eso terminó definitivamente. Hoy tengo conciencia de lo que me sucede. Está de más decir que con esa historia detrás encontrarme con Caio fue una especie de bendición.

C: ¿Cómo encaramos el sexo? La primera recomendación obviamente es usar forro en todos los casos. Y eso lo sugerimos para cualquier pareja que empieza a tener sexo y es serodiscordante. Pero si con el tiempo sus médicos ven que se cumplen las condiciones, pueden dejar de lado el preservativo, como mencioné antes, siempre que estén supervisados por profesionales que lo autoricen. Mariana me contó que hablar del tema es complicado. Ocurre a veces que en la mente de algunas personas el VIH se hace grande como la nube oscura de una tormenta inminente y no importa que hace unos segundos los dos estábamos encendidos de placer y todo iba a las mil maravillas. Después sólo importa el virus y el miedo que ejerce presión y nos ahoga contra las sábanas. Por suerte Mariana y yo pudimos trascender esas barreras y hoy somos una pareja normal que se maneja libremente sin que eso signifique falta de responsabilidad. En ocasiones usamos preservativo y a veces no, pero siempre si estamos dentro de la lógica médica que señala que no hay posibilidad de contagio con el nivel de virus indetectable de Mariana. Un largo abrazo, muchos besos y una rica cena después del sexo completan el círculo amoroso que nos reúne.

M: A veces tengo dolores de cabeza, cansancio y otros efectos frecuentes del cóctel de drogas. Bajo de peso, tengo dolor de panza, pierdo energía por momentos. Afortunadamente Caio me entiende y acompaña también en esos trances difíciles. Mi trabajo con jóvenes que tienen los derechos vulnerados es además agotador. Una se conecta con la muerte, también con el dolor, con la pobreza. Y hay días en que no doy más. Tuve ya dos abortos naturales. Pero con Caio estamos buscando tener hijos sí o sí. Con control es muy posible tenerlos sin que el bebé se contagie el virus. Estamos enamorados y el VIH no va a separarnos. Uno no tiene hijos con cualquiera. Yo nunca había sentido un deseo tan grande de formar una familia. No tuve amores grandes en el pasado. No son más de tres en total. Es increíble cómo puede cambiar la vida de una persona. Mi plan original era poner el ancla en algún lado e irme a vivir a Nicaragua o a República Dominicana. En eso estaba cuando de pronto apareció un brasileño en el medio del camino. Junto a Caio la aguja de mi brújula cambió de dirección inesperadamente y acaso para siempre.

C: Mariana me ayudó a conocer su mundo liberado de prejuicios, descreyendo de las narrativas que tienden al miedo y el estigma. Yo no tengo virus pero eso no me aleja de Mariana en absoluto. Al contrario. Cada día que pasa me siento más próximo a ella, a su familia, a sus angustias, a sus alegrías que también son las mías. En esta nueva etapa cuento con el apoyo de mi familia en Brasil y de casi todos mis amigos y compañeros. Algunos se acercan a preguntarme cómo es, qué se siente, cuáles son los obstáculos que debemos enfrentar. Medio en broma medio en serio me fui convirtiendo en un experto capaz de asesorar a otros en esta cuestión. Porque, no hace falta decirlo, no somos los únicos serodiscordantes del planeta. Hay muchas parejas como nosotros que pudieron salir adelante con la relación y que manejan bien los riesgos que pueden aparecer en cada caso.

M: Antes yo pensaba que con esto no podría vivir. Hoy me siento con mayor vida y entusiasmo que antes. Vivo cada momento como si fuera el último. Porque cada momento –y esto no tiene que ver con el virus sino con la vida en general– puede ser el último. Con Caio nos casamos por Civil en octubre, en Villa Domínico, un acontecimiento que de alguna manera afianzó más nuestra relación. Después del trámite hicimos una fiesta íntima donde participaron algunos amigos, también mis viejos y la familia entera de Caio que viajó especialmente desde Brasil para participar del evento. Tenemos planes con vistas al futuro. Por ahora estamos aquí estudiando, trabajando y cuidando a mis padres que ya están viejitos. Mi papá tiene 86 años y padece actualmente de todo tipo de problemas generados por la avanzada edad. La idea de los dos es vivir en Brasil, tal vez en la Amazonia o en otras regiones del país. No lo sabemos bien todavía. Hace unos años participé en una campaña llamada “Pasión por la vida” que me permitió recorrer varios lugares de América latina, ser entrevistada en varios medios, difundir con amplitud la situación de las mujeres con virus por las redes sociales y otros circuitos. Hoy ni a Caio ni a mí nos importa el qué dirán. Sólo nos preocupa saber qué pensamos nosotros y poder hablar con franqueza de lo que nos pasa y nos anima. Para nosotros, estar enamorados y juntos es lo principal. Viajamos los dos en el mismo barco y, como dice el poeta Fernando Pessoa, navegar es necesario. Lo dije antes y lo vuelvo a decir ahora: el VIH no podrá separarnos.

Mariana Iacono tiene 35 años y forma parte activa de la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con VIH. Ha sido fundadora de la Red Argentina de Jóvenes y Adolescentes Positivos. Le gusta leer y bucear en mares profundos. Aprobó ya el quinto nivel como buceadora rescatista. También ha sido fundadora de la Red Argentina de Jóvenes y Adolescentes Positivos. Actualmente se desempeña como trabajadora social en dos escuelas secundarias del conurbano. Caio Mota, brasileño, 30 años –nació en el estado de Ceará y vivió luego en la ciudad de Manaos-, es productor musical, comunicador social y periodista. Ha realizado varios trabajos solidarios junto a diversos pueblos originarios de la Amazonia brasileña, en el país vecino. Su pasatiempo preferido -asegura- es tocar la guitarra.