Malvinas: la identificación, el primer entierro de un soldado

ArteargentinA: La dignidad es la fuente que permite a cada hombre expresar su interioridad: la verdadera y única sustancia de su alma. El hombre vive en su cuerpo y muere en su cuerpo, por eso tiene derecho a preocuparse por él, aún después de la muerte.

ArteargentinA: El escritor estadounidense, Robert Harrison, define al ser humano de una forma muy radical: “Significa sobre todo hacer entierros”, lo cual refiere que el enterrar a los muertos es obligación del hombre. 

El entierro es la demostración de nuestro sentimiento más profundo hacia la persona que se ha ido; pero no es sólo eso, va un poco más allá: se trata de la misericordia que se hace manifiesta y que alcanza a toda la comunidad.

El culto a los muertos de guerra es una parte importante de la conciencia nacional de los países  que las han padecido, los cementerios militares son lugares de peregrinación permanente, no solo por los familiares de los que allí descansan.

Por primera vez, Carlos Daniel Amato, del Regimiento 7 de Infantería Mecanizado Coronel Conde, tenía 20 años al momento de la guerra, cuenta cómo fue la experiencia de enterrar a sus compañeros, y cómo influyó ese hecho en su permanente y antiguo deseo de que sean identificados.

Si bien, es un hecho doloroso, hablar sana, contar estas experiencias sirve para erradicar mitos, para desenmascarar impostados campeones de la identificación, que desde que acabó la guerra lo único que hicieron fue oponerse a eso, provocando daños y heridas que no sanan con un simple cambio inexplicable de actitud. O con la aparición repentina de súper héroes, extraños, que se arrogan un proceso trascendental a cualquier persona o gobierno.

En la guerra de Malvinas, no hubo tregua de entierro, los muertos fueron sepultados en los campos de batalla por sus propios compañeros en medio de los bombardeos y otros fueron abandonados a la intemperie hasta los primeros días de Julio.

Cuando le tocó a Carlos estaban débiles, anémicos, los británicos los organizaron en grupos de cinco para cavar una fosa común en Monte Longdon, donde enterraron a doce compañeros. Bajo un intenso bombardeo, en un momento debieron tirarse encima de los cuerpos, para protegerse.

Ninguno de ellos llevaba identificación en el momento de ese primer entierro, hicieron lo que pudieron, los reconoció por la cara. Siempre supo a quiénes enterró. Y siempre quiso que se los identificara, hecho que ocurrió 35 años después.

Ese grupo de soldados argentinos, entre los que estaba Amato, despidió a sus compañeros con dolor y con la bronca de sentir que eran descartables. Luego vino revivir ese dolor al firmar las actas de defunción, ya en el continente, de aquellos a los que recordaban haber enterrado. Por sus rostros, por sus heridas, por su posiciones.

Sentados todos en una unidad interna de Campo de Mayo,  Escuela de Suboficiales General Lemos, los superiores iban nombrando a los caídos y quienes se acordaban haberlos enterrado, se levantaban e iban a firmar el acta de defunción, así lo hizo Carlos Amato en cuatro oportunidades.

De los 36 caídos que tiene el Regimiento 7, es el que más bajas tuvo de todas las unidades del país, solo 6 tenían identificación. Del grupo Radar en Moody Brook murieron Ricardo Herrera y Daniel Massad, entre otros, el primer entierro que recibieron fue el que les dieron Amato y sus compañeros, quien luego firmó las actas de defunción. Amato firmó cuatro actas, las de ellos dos, inclusive.

Daniel tenía la espalda como si le hubieran pegado con una bengala, el ataque había sido el 11 de junio por la noche y ambos fueron enterrados a las 17 horas del día siguiente. Su cuerpo aun humeaba por la acción tal vez del uso de fosforo. Este hecho está denunciado por crimen de guerra en una causa judicial.

A Herrera lo reconoció su compañero de posición por una carta. Amato nunca reconoció su cara, no estaba lastimado, pero no se le notaban las facciones. Firmó su acta de defunción y cuando la familia Herrera se presentó en Campo de Mayo, los mandaron a la casa de Amato, para que les expliquen que estaba muerto y que lo habían enterrado ellos.

“Hoy contar esto es como si yo estuviera afuera, como el que lo hizo no fui yo, lo miro desde otro lugar”, dice Amato.  Y no tiene que ver con el morbo ni con el sensacionalismo, sino con una verdad que hace a la identidad completa.

La familia de Massad recibió la versión de la muerte del sargento Roque Nista, un cobarde que se hizo pasar por soldado. Daniel era un chico que estaba terriblemente triste,  sabía que se venía el fin, rezaba el rosario, no sabía bien qué hacía ahí, como casi todos los conscriptos,  y eso no lo hizo menos valiente: “Los ingleses nos pasaron por arriba, nos importaba sobrevivir, no alcanzamos ni a disparar nuestras armas que eran un desastre, todos pesábamos muchos kilos menos, no teníamos fuerza”.

Claro que estas historias fueron cambiadas por otras, como si no tuvieran heroísmo, el intento de supervivencia siempre implica heroísmo, más quizás que contar cuántos enemigos se han matado.  No es heroísmo arrojar las tiras de suboficial para parecer un soldado y recibir un trato más benigno por parte del enemigo.

Las palas para enterrar a los compañeros fueron provistas por los Regimientos de Paracaidistas II y III Británicos,  y el Batallón de Gurkas Nepaleses. Los argentinos tampoco llevaron bolsas mortuorias, a los caídos enterrados en campos de batalla los envolvían en mantas o ponchos, o como estaban.

“El hecho de contar y luchar por la identificación, tiene que ver con esta historia,  siendo que nosotros los sepultamos, sin poder dejar nada que los identifique, no teníamos ni una bolsa, una fosa común cubierta con tierra, sin poder dejar una sola señal de quienes eran, tirándonos arriba de ellos cuando asonaba el fuego amigo, los tuvimos que despedir así, como estaban, en una triste fosa común, ¿cómo no buscar toda la vida que los identifiquen?”.

“Hay que estar siempre en guardia” para hacer valer la “verdad histórica”, señala el escritor vasco  Bernardo Atxaga. En el trato que se da a los caídos reside la diferencia entre la civilización y la barbarie. “Enterrar a los muertos es la línea que separa la bestialidad de la humanidad”.

Estos relatos, como el de Amato nos mantienen en guardia para hacer valer la verdad histórica. Como en todas las guerras,  Malvinas no es la excepción, como no lo fue la guerra civil en España a la que se refiere Atxaga, y siempre prevalece la batalla ideológica, cambiante y teñida de relatos épicos, el tiempo hará prevalecer la verdad histórica. 

La necesidad de identificación ha tenido siempre que ver  con  la labor de recuperación, incluso física, de los muertos en combate y el llevarles a un buen funeral con buena compañía y con un buen mensaje para lo que fue su historia. Aunque durante 35 años, haya habido persona que no estuvieron en ese primer entierro y  que se opusieron a un acto de dignidad humana.